The Dictate of the Heart: 2nd Sunday of Lent, Year C

Today is the 2nd Sunday of Lent, year C. I have some derailment in our journey towards renewal and conversion, yet God understands each of our limitations as we continuously envision God who walks with us. We desire to see God and live to love Him and know Him even as He knows us. We try reaching our Lenten goal to get rid of our faults and bad habits as we continue to usher in towards this Jubilee Year of Hope. We need to be comforted by the guidance of the Holy Church.

The first reading from the Book of Genesis reminds us of God’s covenant with Abraham. Though Abram wants to see God, instead God speaks to him. He heard His voice promising him more blessings like fertility of body and land, except the blessing of seeing God. Abram’s act of faith is an important condition for him to have a son and his descendants would be plentiful. That is why he put his trust in the promise of God. Abram believed profoundly that what he heard was indeed real. God has told him that he will possess great land and riches which were visible signs for the fulfillment of God’s voice.

In the 2nd reading, taken from the Letter to the Philippians, St. Paul encourages us not to focus on material blessings but to live worthy of God. St. Paul says, “But our citizenship is in heaven, and from it we also await a savior, the Lord Jesus Christ. He will change our lowly body to conform with his glorified body by the power that enables him also to bring all things into subjection to himself.” This is a spiritual promise that when we live in all its glory, Jesus is truthful to give us a new and glorified body when we are intentionally conscious of loving Him, and by our faithfulness we shall see the face of God.

The gospel, taken from the gospel of St. Luke, narrates to us the beautiful story of Jesus’ transfiguration. This is how the three disciples were able to witness that Jesus allowed God, The Father, to touch His human nature and be transformed. The cloud enveloped Him, and the Divine voice said, “This is my chosen Son, listen to Him”. It is the Father’s command to encourage humanity to heed and abide by Him. The disciples see His face and clothes as dazzling white. This experience of dazzling brightness became the state of Peter, James and John’s hearts and minds being so differently. The three apostles understand that following Jesus will involve suffering, yet are transfigured to an intense attraction to their Master. They were tempted to remain there putting up three tents for their own selfishness.

Let us reflect on three important points in the story of Transfiguration:

First, Jesus’ invitation to His three apostles is a moment of comfort in order to prepare for what is ahead. In the liturgy of the Church, it says, that during Jesus’ transfiguration “He revealed his glory in the presence of chosen witnesses … that the scandal of the Cross might be removed from the hearts of his disciples and that he might show how in the Body of the whole Church is to be fulfilled what so wonderfully shone forth first in its Head.” That was a teaching point of Jesus to His apostles, who understood that His impending death on the Cross should not cause them fear but a manifestation that His glory with the testimony of Moses, representing the law, and Elijah, representing the Prophet, is to be listened to. This also would give us a clearer understanding that Christ’s passion will finally result in Jesus’ Resurrection and that glory is ours too.

Second, His disciples wanted to build three tents for their pleasure to remain there on top of the mountain. I would be a greater scene of seeking personal glory. The disciples have this sense of requesting selfish possession of Jesus’ glory and truth. Just like some of us, we have an increasing “entitlement” which flows from a sense that we deserve only the glorious intimate experiences of relationships because we have power and wealth. We believe that life is owed to us and not from God. We must accept that by Jesus’ coming down from that mountain and heading towards Jerusalem, we cannot escape His walk towards Calvary. Rather, we are encouraged to live more with Jesus faithfully.

Third, the story of the transfiguration of Jesus enlightened us that in the midst of our struggles to overcome criticism, slander and hate, we must listen to Jesus. Through Jesus, we have seen God’s presence, not anymore God who hides but God who came in the flesh, who has destroyed death and promises the power of the Resurrection. We are empowered to see Him thru our eyes of faith that truly see.

This is the Goodnews which is comforting. We should never stop giving thanks to God, who keeps us faithful ascending to the Mount of Transfiguration. He has shown us His majesty of His glory, in faith without wavering and being renewed in a sense of Jesus’ love for us.

With deep renewal, I am forgiven, and I am better being loved, and with the company of others together we climb the mountain of the altar of the Eucharist.

God bless you.

Fr. Arlon, osa


El Dictado del Corazón

Segundo Domingo de Cuaresma, Año C

  • Génesis 15:5-12, 17-18
  • Salmo 27:1, 7-8, 8-9, 13-14
  • Filipenses 3:17-4:1
  • Lucas 9:28b-36

Hoy es el segundo domingo de Cuaresma, Año C. Puede que experimentemos algo de desviación en nuestro camino hacia la renovación y la conversión, pero Dios entiende cada una de nuestras limitaciones mientras continuamos visualizando a un Dios que camina con nosotros. Deseamos ver a Dios y vivir, amarlo y conocerlo, así como Él nos conoce. Mientras nos esforzamos por alcanzar nuestra meta cuaresmal de despojarnos de nuestros defectos y malos hábitos, seguimos nuestro camino hacia este Año Jubilar de la Esperanza. Necesitamos consuelo por medio de la orientación de la Santa Iglesia.

La primera lectura del libro de Génesis nos recuerda la alianza de Dios con Abraham. Aunque Abram desea ver a Dios, en cambio, Dios le habla. Él escucha la voz de Dios, prometiéndole más bendiciones, como la fertilidad del cuerpo y de la tierra, aunque no la bendición de ver a Dios. El acto de fe de Abram es una condición importante para tener un hijo, y sus descendientes serán numerosos. Por eso confió en la promesa de Dios. Abram creyó profundamente porque lo que escuchó era realmente real. Dios le dijo que poseería grandes tierras y riquezas, que eran signos visibles del cumplimiento de la palabra de Dios.

La segunda lectura, tomada de la carta a los Filipenses, encuentra a San Pablo animándonos a no centrarnos en las bendiciones materiales, sino a vivir de manera digna de Dios. San Pablo dice: “Pero nuestra ciudadanía está en los cielos, y de allí también esperamos un Salvador, el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde para que sea semejante a su cuerpo glorioso, por el poder que le permite sujetar todas las cosas a sí mismo.” Esta es una promesa espiritual: cuando vivimos en Su gloria, Jesús nos dará cuerpos nuevos y glorificados. Cuando somos intencionalmente conscientes de amarlo, nuestra fidelidad nos permitirá ver el rostro de Dios.

El Evangelio, tomado del Evangelio de San Lucas, narra la hermosa historia de la transfiguración de Jesús. Aquí es cuando los tres discípulos son testigos de cómo Jesús permite que Dios Padre toque Su naturaleza humana y la transforme. La nube lo envuelve, y la voz divina dice: “Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Es el mandato del Padre para alentar a la humanidad a seguirlo y obedecerlo. Los discípulos ven Su rostro y ropa deslumbrantemente blancos. Esta experiencia de un brillo deslumbrante se grabó profundamente en los corazones y mentes de Pedro, Santiago y Juan. Los tres apóstoles entendieron que seguir a Jesús implicaría sufrimiento, pero se vieron transfigurados por una intensa atracción hacia su Maestro. Estuvieron tentados a quedarse allí, queriendo construir tres tiendas para sus propios fines egoístas.

Reflexionemos sobre tres puntos importantes en la historia de la Transfiguración:

Primero, la invitación de Jesús a Sus tres apóstoles es un momento de consuelo para prepararlos para lo que les espera. En la liturgia de la Iglesia se dice que durante la transfiguración de Jesús, “Él reveló su gloria en presencia de testigos escogidos… para que el escándalo de la Cruz fuera eliminado del corazón de sus discípulos y para mostrar cómo en el Cuerpo de toda la Iglesia se debe cumplir lo que primero brilló tan maravillosamente en su Cabeza.” Este fue un momento de enseñanza para los apóstoles de Jesús, quienes comprendieron que Su inminente muerte en la Cruz no debía causarles miedo, sino ser vista como una manifestación de Su gloria. Con el testimonio de Moisés (que representa la ley) y Elías (que representa a los profetas), los discípulos son animados a escucharle. Esto también nos da una comprensión más clara de que la pasión de Cristo dará finalmente lugar a Su Resurrección, y esa gloria también será nuestra.

Segundo, los discípulos querían construir tres tiendas para permanecer allí en lo alto de la montaña. Esto habría sido un intento mayor de buscar gloria personal. Los discípulos tenían un sentido de “derecho”, deseando poseer la gloria y la verdad de Jesús para sí mismos. Al igual que algunos de nosotros, podemos sentir un creciente “derecho” que proviene de la creencia de que merecemos solo las gloriosas e íntimas experiencias de las relaciones debido a nuestro poder y riqueza. Creemos que la vida nos pertenece, en lugar de ser un regalo de Dios. Debemos aceptar que el hecho de que Jesús baje de la montaña y se dirija hacia Jerusalén significa que no podemos escapar de Su camino hacia el Calvario. Más bien, se nos anima a vivir más fielmente con Jesús.

Tercero, la historia de la Transfiguración de Jesús nos ilumina en el sentido de que, en medio de nuestras luchas para superar las críticas, la calumnia y el odio, debemos escuchar a Jesús. A través de Jesús, hemos visto la presencia de Dios: no un Dios oculto, sino un Dios que vino en carne, que destruyó la muerte y prometió el poder de la Resurrección. Estamos empoderados para verlo a través de los ojos de la fe, los cuales nos permiten ver la verdad.

Esta es la Buena Nueva, que es reconfortante. Nunca debemos dejar de dar gracias a Dios, que nos mantiene fieles mientras ascendemos al Monte de la Transfiguración. Él nos ha mostrado la majestuosidad de Su gloria, y a través de la fe, permanecemos firmes, renovados en el sentido del amor de Jesús por nosotros.

Con profunda renovación, soy perdonado. Soy mejor por ser amado, y en compañía de los demás, subimos juntos la montaña del altar de la Eucaristía.

Que Dios los bendiga.

P. Arlon, osa

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